Cuando una madre no puede ver a un hombre donde antes estaba su hijo

Sadhguru: El problema —no para todo el mundo, pero sí para muchos— es que piensan que ser esposa y madre son cosas opuestas. No lo son. La madre vio llegar a su hijo cuando era un bebé. Le dio el pecho, lo aseó, lo bañó y lo vio crecer a lo largo de los años. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se convirtió en un hombre. En su mente, él nunca llegó a crecer del todo: para ella sigue siendo su niño pequeño.

Cuando vives dentro de tu memoria, no puedes ver lo que realmente tienes delante.

Entonces, aparece otra mujer y lo trata como un hombre heroico, y la madre no se lo explica. Ella quiere seguir tratándolo como a aquel niño pequeño, porque en su mente aún lo recuerda jugando, durmiendo en su regazo... todas esas pequeñas y tiernas cosas que conformaban su vida.

Todo se reduce a la memoria. Cuando vives dentro de tu memoria, no puedes ver lo que realmente tienes delante. Aunque intelectualmente entiendas que las cosas han cambiado, a nivel emocional no lo registras. La madre no acaba de comprender que tiene a este hijo únicamente porque, primero, fue una esposa. Ahora ha llegado el momento de que se aleje.

La gracia reside en saber alejarse

Debes comprender que nuestro tiempo en este planeta es breve, y que siempre debes estar preparado para retirarte. En cierto sentido, debes estar preparado para morir: no es que quieras morir hoy, sino que estás dispuesto a aceptarlo cuando llegue el momento. Solo entonces podrás vivir verdaderamente. Alejarse es, en cierto modo, una especie de muerte. Las personas que han ocupado puestos de liderazgo durante la mayor parte de su vida a veces simplemente mueren cuando tienen que alejarse.

Lo mismo aplica a este caso. El joven era su proyecto, y ella no sabe cuándo alejarse. Una nueva directora general ha llegado, pero ella no lo reconoce. Sigue queriendo ser la presidenta y no se atreve a retirarse, porque esto nunca fue un acuerdo económico, sino emocional, y el manejo emocional no se suelta fácilmente.

La madre debe recordar siempre que también es la esposa de alguien. Lo que sea que esa relación signifique para ella, significa lo mismo para esta joven mujer.

Ella no puede aceptar el hecho de que, hasta hace poco, él acudía a ella por cualquier cosa, y ahora que otra mujer ha entrado en su vida, ya no acude a ella como antes. Esta nueva mujer pertenece a una generación totalmente diferente: se viste de otra manera, habla de otra manera y proviene de una familia diferente. Para la suegra, le parece una criatura totalmente diferente. Así que, naturalmente, hay fricción.

La madre que olvida que alguna vez estuvo en la misma situación

Pero esta fricción no tiene por qué existir, y desde luego no hay por qué convertirla en una situación de «serpiente y mangosta», ya que la madre también es la esposa de alguien. Ella valora enormemente esa relación. Debe comprender que esta nueva mujer valora a su marido con la misma intensidad.

También está la cuestión de los tiempos cambiantes. En una generación, las actitudes han cambiado considerablemente. La generación de la madre ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre del marido en voz alta; solían referirse a él como «Swami». Pero esta nueva mujer lo llama por su apodo o se inventa algún nombre cariñoso y juguetón. La madre no entiende lo que está pasando. Estas diferencias son reales, pero no tienen por qué convertirse en un conflicto.

La honra que ambas mujeres se deben mutuamente

La madre debe recordar siempre que también es la esposa de alguien. Lo que sea que esa relación signifique para ella, significa lo mismo para esta joven mujer. Puede que la forma de expresarlo varíe de una generación a otra, pero el sentimiento y el vínculo son idénticos. Si la madre es capaz de entenderlo, no hay ningún problema real.

Al mismo tiempo, la joven que se ha incorporado a esta familia también debe comprender algo: el hombre al que ama vino al mundo y fue criado por esta mujer. Si de verdad ama a ese hombre, ¿cómo es posible que no ame a la fuente de ese hombre? Debe respetar y amar a su suegra, no porque esa mujer sea perfecta, sino porque nadie lo es, ni siquiera ella misma.

Si ambas mujeres logran mantener esta comprensión y la más joven puede decir: «Esta mujer dio a luz y crió a mi marido, y si hoy es un hombre maravilloso, es gracias a ella». «Me lo está confiando, y debo honrarla por ello». Y si la mayor puede decir: «Así como mi marido me es querido, mi hijo es ahora el marido de otra persona, y su relación es tan sagrada como la mía, aunque parezca diferente», entonces no habrá ningún conflicto en absoluto.