El comienzo: Sadhguru pierde a su madre
Durante los primeros años en los que impartía programas, Sadhguru se enfrentó a una de las decisiones más difíciles de su vida. Su madre se estaba muriendo. Su padre estaba furioso. Y él tenía que dar un programa a muchos cientos de kilómetros de distancia. Lo que ocurrió a continuación revela algo inquebrantable sobre la naturaleza del verdadero propósito y de los sacrificios que exige.

Construir algo más grande que uno mismo
Sadhguru: Cuando intentas crear algo realmente grande y que valga la pena, muchas cosas que otras personas disfrutan no están presentes en tu vida. Cuando crees que el propósito por el que trabajas es importante, superas las pequeñas cosas.

En enero de 1989, mi madre estaba muy enferma. Tenía insuficiencia renal y yo sabía que pronto se iría. Hacia el final de su vida, su único deseo era venir y participar en mi programa. Mucha gente le había dicho: «Tienes que ver el programa de tu hijo»; así que ella tenía muchas ganas de asistir.
Un último deseo
El conocimiento y la sabiduría de mi padre como médico le decían que, si ella asistía al programa durante tres o cuatro horas, sin duda moriría. Ella dijo: «Si muero, está bien. Quiero ir y participar en su programa». Pero mi padre respondió: «De ninguna manera voy a permitir semejante tontería. Si quiere hacer su estúpido yoga, que lo haga en casa».
Yo dije: «No voy a hacer una clase aparte para ella. Si quiere asistir, tiene que venir». No se trataba de un choque de egos, simplemente estoy comprometido a hacerlo de una determinada manera, pase lo que pase. Ni siquiera por mi madre a punto de morir estaba dispuesto a hacer concesiones en esto.

Le dije: «Esto será bueno para ti. Ven. Yo te cuidaré. Te prometo que no te pasará nada. Quizá vivas un poco más, pero no morirás antes. Depende de ti convencer a tu marido. Yo no puedo convencer a este médico que siente un desprecio absoluto por lo que hago». Yo tenía una relación diferente con él como padre. Pero no estaba de acuerdo con la mitad de las cosas que hacía como médico, aunque era un buen médico.
Como ella me había visto hacer ciertas cosas en la casa, ya no me veía como a su hijo. Ella deseaba asistir con todas sus fuerzas. Trasladé la clase a un local que estaba a solo un kilómetro de distancia, y le dije: «Te organizaré el transporte. Podrás sentarte en una silla cómodamente y asistir a la clase».
Pero mi padre dijo: «¡De ninguna manera! Si se levanta de la cama, ella morirá. No lo voy a permitir».
Yo respondí: «Está bien». No fue fácil decir «está bien», porque yo sabía cuánto lo anhelaba ella.

Pasaron unos cuantos meses. Un día, tenía que ir a Hyderabad para dar un programa. Antes de partir, la fui a ver y me di cuenta de que se estaba apagando. Yo le dije: «He asumido este compromiso; es un programa público y tengo que ir». Ella dijo: «Ve y vuelve; no hay problema».
Mi padre se enteró de que me marchaba. Todos eran conscientes de que ella estaba empeorando. Todos pensaban que le quedaban unas semanas, pero yo sentía que sería mucho menos. Pensé en cómo ir a Hyderabad, en hacer algunos arreglos y en volver.

Cuando estaba a punto de irme, mi padre se enfureció. Me dijo: «Si te vas ahora, no quiero volver a verte. Tu madre se está muriendo y tú quieres hacer yoga».
Le respondí: «Bueno, ella lo entiende, tú no. No voy para allá para demostrar nada. Es solo que hay ciertas cosas que sucederán de todos modos y soy consciente de ello». Así que me fui.
Terminé el programa de introducción tarde, la noche del sábado; todas las inscripciones estaban completas. Las cosas se estaban acumulando y yo estaba en un momento muy ajetreado de mi vida. Quería terminar ciertas cosas en un plazo determinado, así que trabajaba como una máquina.
Al final de la charla introductoria, les dije a todos que pospondría la clase que debía comenzar el lunes por una semana, porque tenía que volver.
La familia con la que me alojaba me preguntó por qué volvía. Les dije: «Mi madre ha fallecido». Me preguntaron: «¿Cómo lo sabes? ¿Te han llamado?». Les respondí: «No. Simplemente lo sé».
El viaje de noche de regreso a Mysore
Monté mi motocicleta de Hyderabad a Mysore, 750 kilómetros. En esos días, las carreteras no eran buenas. Conduje mi moto durante toda la noche y llegué a las siete de la mañana. Se estaban preparando para el funeral y habían estado tratando de comunicarse conmigo desesperadamente. No eran los tiempos de los teléfonos móviles. Para hacer una llamada, tenías que ir a una cabina y hacer fila; así que no paré en ningún lugar. Solo manejé mi moto.
Mi padre estaba realmente molesto y enfadado, y no lo culpo. Entiendo perfectamente que, desde su punto de vista, lo que yo había hecho era un crimen. Pero mi madre había visto mi determinación. Me había dicho: «Debes ir y hacer lo que tienes que hacer. No importa lo que él diga, debes irte». Siempre le estaré agradecido porque me lo puso fácil. Si ella hubiera llorado y me hubiera dicho «no vayas», habría sido mucho más difícil. Habría ido de todos modos.
La satisfacción que supera todo lo demás
Cuando mi madre estaba muriendo, y yo sabía que estaba muriendo, habría sido bonito para mí tomarle la mano y sentarme a su lado. ¿Crees que no quería hacerlo? Yo quería. Ella era muy cercana a mí, no solo como madre, sino como una verdadera amiga que me admiraba.
En ese momento, mi padre estaba furioso porque me iba, pero ella había dicho: «No esperes; solo ve y vuelve». Así que me fui, y ella murió.
Hay ciertas cosas que tenemos que hacer. Un hombre es un hombre por lo que hace, no por lo que evita en su vida.
¿Cómo te sentirías si un millón de personas murieran bien gracias a ti? Si viven bien, será fantástico. Pero al menos no morirían en desdicha, sino que morirían en paz solo por algo simple que hacemos por ellos. Esto puede sucederle a millones de personas con el tiempo, incluso después de que nos hayamos ido, si establecemos el proceso. La satisfacción que se obtiene de ello es inconmensurable.
Quiero que veas cómo podrías formar parte de ello y de qué manera puedes hacer que esto suceda.


