Hoy en día, en todo el mundo, hemos normalizado un estado de prisa constante, en el que nuestra herramienta más sofisticada, el cerebro humano, se ha convertido en nuestra mayor fuente de sufrimiento. Mientras mucha gente lucha con mentes que fabrican miseria, un conocimiento yóguico está cobrando nueva relevancia: el sistema humano, como cualquier máquina de precisión, funciona mejor cuando no está al límite de su capacidad.