Austin te mueve algo. Quizá sea el calor que ya se desprende del asfalto a finales de marzo, o será la forma como el Circuito de las Américas se alza en medio del matorral de Texas, como si hubiera aterrizado desde otro mundo: todo es curvas amplias y cambios de desnivel espectaculares que no tienen sentido hasta que te paras en el circuito. O quizá sea simplemente el momento en que las motos salen de la parrilla, un sonido que deja de ser ruido y que se convierte en algo más cercano a una realidad física. Sadhguru estaba en las gradas. Un místico que recorrió 30,000 kilómetros a través de 27 países en el marco de su movimiento Salvemos el Suelo (Save Soil), quien se abrió camino entre deslizamientos de tierra y altitudes de 5500 metros para llegar a Kailash en moto, quien en una ocasión recorrió todo el curso del Cauvery para alarmar sobre este río moribundo: para Sadhguru, la moto nunca ha sido solo un medio de transporte. La moto ha sido un vehículo para algo más grande. Así que, cuando el MotoGP llegó a Austin, tenía cierto sentido que Sadhguru se apareciera por ahí. Y hay un nexo común: ya sea la meditación o las carreras de motos, ambas exigen, en esencia, una presencia total. Lo demás, tan solo es velocidad.