P: Namaskaram, Sadhguru. La medicina alopática se basa principalmente en estudios poblacionales y mucha gente dice que el ayurveda es mucho más personalizado. ¿Cómo pueden colaborar ambos de la mejor manera?

Sadhguru: Esa es una pregunta muy amplia. El sistema alopático está totalmente codificado, se basa en evidencia y en gran medida en la química. También está orientado a los síntomas. Si no hay síntomas, si alguien no siente dolor ni presenta señales externas, pero aun así se está muriendo, el sistema alopático no tiene manera de saberlo. Muchas personas mueren así, sin presentar ningún síntoma, porque el sistema alopático solo trata lo que puede observar.

El ayurveda no se centra en la enfermedad, sino en la salud. No se centra en la medicina, se centra en el sistema humano. La palabra «ayur» significa vida o duración de la vida. La pregunta que plantea el ayurveda es: ¿cuánto tiempo podemos hacer que perdure el sistema humano y cómo podemos asegurarnos de que esta vida se viva plenamente?

En las civilizaciones orientales no existe tal cosa como una buena muerte o una mala muerte. Aquí solo tenemos «akala mrityu» y «sakala mrityu»: muerte prematura y muerte a su debido tiempo, lo cual no es meramente cronológico.

El ayurveda no se centra en la enfermedad, sino en la salud.

Si alguien tiene apenas 30 o 40 años, pero siente en su interior que su vida está completamente realizada, que todo lo que tenía que suceder ya sucedió, y muere al día siguiente, eso es sakala mrityu, no akala mrityu. No contamos los años. Nos preguntamos si esta vida ha alcanzado su plenitud, si está lo bastante madura como para caer del árbol.

Estas son dos maneras fundamentalmente distintas de ver la vida. En cuanto al diagnóstico, la alopatía ha alcanzado otro nivel hoy en día, pero aún recurre a fuentes inesperadas. Por ejemplo: ahora se utilizan perros para detectar, por el olfato, el cáncer en etapas tempranas.

La tradición ayurvédica funcionaba mediante un tipo diferente de sensibilidad. Los «vaidyas ayurvédicos» no eran simples practicantes con una formación de cuatro o cinco años. Vivían el sistema desde la infancia; era lo único que hacían. Mediante la palpación, el tacto y la lectura del pulso, podían comprender lo que ocurría en el cuerpo de una persona antes de que aparecieran los síntomas.

Al tomar el pulso, un vaidya podía saber qué enfermedad podría desarrollar una persona diez o quince años después. En el sistema yóguico, este tipo de percepción es un proceso común.

El sistema alopático ahora avanza en una dirección similar mediante el estudio genético, analizando las predisposiciones genéticas para predecir qué afecciones puede desarrollar una persona en los próximos veinte o veinticinco años.

Estos dos sistemas nunca deberían verse como competidores. Pensar que son rivales es como pensar que el hombre y la mujer son rivales. Son complementarios. Cuando se complementan bien, suceden cosas buenas.

Hoy, la mayoría de las personas espera hasta estar gravemente enferma para ir al médico y, en ese momento, la medicina alopática tiene ventaja. Es como una parada en boxes de la Fórmula Uno: en cuestión de segundos, cambian las llantas, hacen ajustes y el auto vuelve a la pista. El ayurveda requiere que te comprometas con tu salud.

En la actualidad, necesitamos una buena combinación de ayurveda y medicina alopática. La competencia entre ambas no sería saludable.

Cada localidad debería contar con un jardín ayurvédico dedicado, con hierbas cultivadas localmente y de manera orgánica, junto con un centro de tratamientos.

Un problema crítico del ayurveda hoy en día es la fabricación de medicamentos ayurvédicos, que se elaboran a partir de materiales vivos. Una hoja arrancada a las seis de la mañana tiene cualidades diferentes a las de una arrancada a las nueve, al mediodía o por la tarde. Cuándo se recolecta, cómo se almacena, cuándo se procesa e incluso quién lo manipula: todos estos factores son importantes, ya que los materiales vivos reaccionan a las condiciones de su entorno.

Cuando al ayurveda lo practicaban personas que realmente lo vivían, se tenían en cuenta todas estas variables, se gestionaban con cuidado, y la medicina funcionaba. Incluso hoy en día, en determinadas manos, el ayurveda trabaja de maneras que parecen casi milagrosas.

Pero cuando los medicamentos ayurvédicos se producen a gran escala, lote tras lote, los resultados son inconsistentes. Cualquiera que se dedique a la producción de manera honesta reconocerá que la eficacia puede variar hasta en un 80 por ciento de un lote a otro, ya que la estación del año, las precipitaciones, la luz solar, quién lo recolecta y cómo se conserva... todo influye.

La medicina alopática, por el contrario, admite una variación de entre el 1 y el 3 por ciento. Una variación del 80 por ciento hace que a los críticos les resulte muy fácil descartar el ayurveda por considerarlo poco fiable. Pero no es que sea poco fiable, sino que, sencillamente, no se puede adaptar a la producción industrial en masa.

El ayurveda no debería seguir el mismo camino de la producción en masa. Si queremos que el ayurveda prospere, cada localidad debería contar con un jardín ayurvédico dedicado, con hierbas cultivadas localmente y de manera orgánica, junto con un centro de tratamientos.

Hay mucho que los médicos alópatas pueden aprender del sistema ayurvédico. Y hay mucho que el ayurveda puede aprender de la alopatía en lo que respecta a los sistemas y a la optimización de la eficacia.

Creo que, tras completar la formación de posgrado en medicina alopática, los médicos deberían dedicar al menos un año al estudio del ayurveda. Y los estudiantes de ayurveda deberían dedicar al menos un año al estudio del diagnóstico alopático. Esa sería una buena forma de avanzar.